A Niza no le hace falta nada más

March 5, 2018

En mi opinión, no hay destino más completo que Niza. Mejor dicho, que la Côte D’ Azur. Tiene opciones para los que están a pie, para los que andan motorizados, tiene oferta gastronómica de calidad y, por supuesto, tiene una historia particular. 

 

Empecemos por su ubicación y su acceso. A 1 hora y media de vuelo desde Paris, el aeropuerto NCE queda a no más de 15 minutos del corazón de esta ciudad. Se llega muy rápido inclusive en colectivo: el bus 99 te lleva desde las terminales 1 & 2 del aeropuerto hasta la estación de tren por €6 por persona. Pasadas las 21 h., el bus 98 reemplaza al 99 y realiza el mismo recorrido.

 

 

Una de las cosas más encantadoras de este lugar es esa sensación de “peatón-friendly”: a lo largo de Jean Medecin, la avenida principal, los únicos medios de transporte con motor que circulan son los trams, muy utilizados por la gente local para trasladarse hacia los suburbios de Niza. Hay semáforos y también son varios los autos y buses que circulan perpendicularmente a la Av. Jean Medecin, pero en número están en desventaja en comparación con los transeúntes.

 

La gente entra y sale de los negocios frenéticamente. Aún más,   ¡me llamó la atención que los McDonald’s están repletos a toda hora! Lo curioso es que cierra todo muy temprano. A las 20 hs. no hay chance de que te dejen ingresar a un local de ropa. Lo mismo aplica para el supermercado, Desconozco el motivo, pero el espíritu comercial de Niza tiene un horario muy marcado. 

 

Lo positivo es que “donde se cierra una puerta, se abre una ventana”. Aunque no se puedan hacer compras pasado determinado horario, los restaurantes prenden sus luces y toda Niza queda iluminada a través de faroles. Se come mucho pescado, pero la influencia italiana también está presente. Mucha pasta y mucha pizza. También hay cocina inglesa: probé unos crêpes bretones que estaban increíbles.

 

Como en toda Europa, en Niza también se puede pedir agua de la canilla sin costo alguno. Durante los mediodías, todos los restaurantes ofrecen menues a precios especiales!

 

 

Actividades para hacer hay, pero tampoco es “Disneylandia”. Es cuestión de organizarse uno la cantidad de días adecuados para instalarse aquí y lo que quiera conocer de la Provence. Está la playa de Niza - que es de piedra- y también las playas de las localidades vecinas: Antibes, Cannes, Menton, etc, a donde se puede ir en tren por sólo €7.20 (tarifa para adultos entre 26 y 59 años).  Lo recomiendo ampliamente: conseguir lugar para estacionar- con o sin parquímetro- puede ser una ardua tarea. Por otro lado, ¡llegar en auto a pasar una tarde a St. Paul de Vence es muy fácil! Las opciones para llegar acá en micro son limitadas y llevan mucho tiempo de viaje.

 

Como alternativas más deportivas,

están la de andar  en bicicleta por la rambla o por la bicisenda del “Promenade des Anglais”. Hay un sistema de alquiler de bicis (que se puede pagar con tarjeta) como en todas las ciudades, que cuenta con 175 estaciones separadas entre sí por 300 metros. Se llama VéloBleu: en total, la distancia disponible para recorrer con este medio de transporte son 125 km.

 

 

Más desafiante puede ser subir a la Colline du Château; lugar que también es accesible a través de un ascensor o de escaleras. Las vistas de Niza desde ahí, son impagables. Yo recomiendo subir a la mañana porque la luz solar para las fotos es óptima. Cuanto más temprano, mejor. Esto equivale a “menos gente”. Al pie de la colina está el emblemático cartel “I love Nice”. Una postal que enamora de verdad. 

 

Algo que ignoraba al momento de visitar Niza era su historia.

O por lo menos, no recordaba lo golpeada que había sido durante la WWII. Me llamaban la atención los nombres de las calles, por ejemplo “Calle de la Liberación”, las placas conmemorativas en las paredes en agradecimiento a los caídos, los monumentos y fuentes en su honor.

 

Acá van los datos: entre 1940 y 1944, Niza pasó de estar en manos de la Tercera República Francesa, a ser controlada por italianos, luego por alemanes, los americanos, y  sólo después de que el desgaste de la guerra se hiciera visible, llegó a manos francesas nuevamente. Durante ese tiempo, también fue un punto de escape de los judíos por un tiempo acotado teniendo en cuenta su persecución por toda Europa. 

 

El cambio de la Côte durante la WWII fue drástico. De ser un lugar turístico de lujo y hogar de verano de celebridades, los hoteles y casinos  de la Riviera francesa se convirtieron en oficinas de la armada alemana y de la Gestapo. De ser sitios de relajación y entretenimiento, pasaron a ser  salas de tortura y de asistencia médica. Todo era controlado y gestionado desde las habitaciones de hoteles de renombre como el Hermitage, el Concordia y el Excelsior. 

 

Esto también repercutió en materia de arte. El Festival de Cannes no pudo ver la luz como tal hasta pasada la guerra, en  1946. En 1939, el Festival Internacional de Cine (su entonces denominación) fue cancelado al día siguiente de su inauguración debido al estallido de la Segunda Guerra. Más tarde, ya  con la presencia de figuras perseguidas por la prensa amarilla como  como Brigitte Bardot, el evento cobró una importancia tal que estaba a la altura del de Venecia, del de San Sebastián, del de Berlín e inclusive del de Mar del Plata. 

 

La Côte D’Azur hoy es una mezcla de todo lo anterior. Tiene  esa estela del lujo de sus años de glamour, esas herida

-por momentos parecería que cerradas y superadas- de los años oscuros de la década del ’40, y esa impronta gastronómica y ecológica que marca como nunca antes el turismo en la actualidad. Un lugar que vale la pena visitar. Colorido y ameno por fuera, profundo y rico por dentro. 

 

 

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